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Fábulas y Cuentos

Por dos Patacones mataron a Ester

   Esa tarde, antes de entrar la noche, Ester habló con Obando, un alguacil encargado por el oidor para organizar las rondas;

     - Hoy será la partida, le dijo, y tal vez estemos hasta muy tarde; posiblemente hasta la madrugada, agregó.

     - Eso es necesario saberlo, -respondió Obando; y siendo así, él no enviaría la ronda por la Calle Real, lugar en que se concentraba la mayoría de sitios de juegos de naipes, dados, trucos, turmequés, bisbis, chicherías, patios de barras y uno que otro lugar de meretrices, que al decir del Protector de indígenas Peñalver, “estos eran verdaderas zahúrdas de Plutón, cantinas de maldades donde se ejecutan muchos adulterios, amancebamientos, blasfemias y borracheras nacidas de la ociosidad”.

    Si bien los santafereños solían desde muy temprano ir a la cama después de la oración vespertina, no todos eran tan hogareños ni piadosos. Muchos, al amparo de las sombras nocturnas, buscaban el entretenimiento clandestino o los sitios de trasnocho para embriagarse y darse un poco de solaz para sus vidas.

    Ester, que era hija de india; nunca conoció a su padre pues su madre nunca supo de quien había quedado embarazada y desde muy temprana edad supo de los recovecos de la ciudad, quienes los frecuentaban y donde encontrarlos. Por eso, al tiempo que participaba de estas diversiones, igual daba la información a los alguaciles u oidores cada vez que resentía de algo o de alguien. Fue lo que ocurrió con algunos de sus novios. En los últimos cinco años mantuvo relaciones de noviazgo con Juan Suárez, a quien nunca se le conoció oficio alguno; con el soldado Andrés de Melo; con Cristóbal Rodríguez, herrador y Antonio de León, un cuadrillero de la hermandad. Todos ellos en distintos momentos fueron a la cárcel en condición de detenidos después de los allanamientos que se hacían a las casas de animación. Lo cierto era que cada apresamiento coincidía con un rompimiento sentimental de Ester.

    Esa noche, Ester buscaba la diversión, pero igualmente la fatalidad del destino también la buscaría a ella.

Antes de llegar a la mesa de juego, pasó por un sitio de mucho renombre llamado “El Canelón”; allí ingirió algunos vasados de chicha acompañando a varios chichómanos de la parroquia.

    El “Canelón”, unos años atrás fue un punto que perteneció a uno de sus novios y por una apuesta que este perdió, dejó de pertenecerle. Ahora Ester lo ambicionaba y creía que podría recuperarlo.

    “Con dos mantillas o un sombrero me basta para hacerme a este negocio”, se dijo con voz entrecortada por el efecto de la chicha. De lo que hablaba Ester era de un raponazo que haría a cualquier dama elegante o caballero, para luego llevarlo donde “el picudo” quien le daría algunos centavos.

  -“Eso me bastará para la apuesta y de ahí en adelante… a hablar de mi negocio” , exclamaba insistentemente.

   Se asomó a la calle, miró hacia el barrio del Príncipe; caminó por la Calle de la Catedral, siguió por la Calle de la Esperanza, continuó por la Calle de la Moneda hasta llegar a la de La Candelaria, donde se detuvo a esperar.

   - “En la noche todos los gatos son pardos”, se dijo, al divisar una capa y un sombrero que se dirigían hacia el lugar en que ella se solapaba. Bastó con estirar el brazo y antes que se la tragara la oscuridad de la calle, que a duras penas estaba alumbrada con un farol de sebo, se escuchó un disparo y luego el cuerpo de Ester que caía al suelo.

   El sombrero que acababa de raponar era de Obando, que iba en busca de su ronda y como casi ninguno, este conocía aquellas oscuridades como la palma de su mano.

  Al momento de sacar su revolver, también había lanzado las mismas palabras que pronunciara Ester: “En la noche todos los gatos son pardos”.

   Estiró su mano para recoger el sombrero y mirando con desprecio a la india dijo a un taciturno transeúnte: “me costó dos patacones y lo compré con la ganancia que me dejó una apuesta en un patio de barras”.

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