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Fábulas y Cuentos

La severidad de la Viudez

    Mariana bajó despacio de su cama; una litera que le acompañó durante todo su crecimiento; su madre siempre la despertaba hablándole en voz baja y cerca al oído “Mari llegó la hora; anda al baño antes que despierten los muchachos”. Tomasina que es como se llamaba su madre, fue una señora treintona nacida en la costa atlántica, pero desde pequeña la trajeron a vivir al municipio de Soacha; ¡Soachington!, como burlonamente la llamaba, después que le hubieron negado la visa para viajar a Norteamérica.

   Hacía cuatro años había enviudado después que su marido fue embestido por un toro cuando celebraba unas fiestas patronales en Cundinamarca. Su viudez la soportaba con mucha resignación y paciencia, pero sobre todo con mucha dignidad, pues nunca aceptó propuestas de ningún hombre que fueran más allá de lo debido, a pesar de las necesidades por el crecimiento de Mariana y los deseos de una compañía varonil.

    Cuando su marido murió, Mariana había alcanzado los veinte años y ahora que cumpliría los veinticuatro dentro de dos semanas, lo recordaba melancólicamente. A él se lo dije, "mijo no entre a la corraleja así de borracho; un día de estos te va a encuernar un toro y ya sabe lo que va a pasar. Pero jamás me hizo caso; siempre era lo que el decía”.

   Ahora le tocaba a ella sola velar por su muchachita y dos hijos más; el dinero que recibía como trabajadora de oficios diarios en casas de familia del norte de Bogotá no le alcanzaba; pero en fin, si ya estaba sola, ¿que cosa distinta podía hacer sino asumir con responsabilidad la crianza de su única hija? “Me toca”; y diciendo esto, ella misma se consolaba.

   Sus padres le habían enseñado desde chica que la responsabilidad consistía en responder por las consecuencias de los actos y por las decisiones que se toman a lo largo de la existencia; y ahora que estaba en medio de las penurias, sentía que era ella la que respondía por la inconsecuencia de su marido.

   “Es que eso de quedar sola y con hijos es tremendo”, solía decir entre sollozando y mal humorada; hasta llegó a pensar que debió ser ella la que mereciera el descanso eterno; con la lidia que me dio, agregaba; “a lo mejor ya se hubiera casado otra vez; no se por qué el mundo es así”; después se arrepentía de sus pensamientos y exclamaba con tono severo: “¡callen esos ojos!, responsabilidad es asumir un compromiso frente a mi misma y frente a los demás y por nada del mundo dejaría sola a Mariana”.

   Lo que ignoraba Tomasina era que allí mismo, en ese territorio donde se resignaba a su pena, la vida de los primitivos pobladores de toda la sabana bogotana no había sido siempre resignada Entre los muisca, las mujeres antes de fallecer dictaban unas disposiciones para el caso de que su marido todavía quedara en vida. Una de ellas era que se mantuviera casto durante un período que la moribunda establecía y que no excedía de los cinco años. No obstante si el marido era listo y ladino, con zalamerías podía obtener de su esposa agonizante la rebaja de la casta pena. Si la viudez se debía a un parto, además de la pureza forzada, este debía entregar la mitad de sus propiedades, o si no tenía condiciones económicas, pagaba con lo que pudiera, arriesgándose, si rehusaba hacerlo, a ser perseguido hasta la muerte. Estas leyes estaban consignadas en el Código de Nemequene que era algo así como la Constitución Nacional, y que todos respetaban, al tiempo que regulaba el comportamiento de cada persona.

En su caso, las cosas habían ocurrido todo lo contrario y fue él al que le tocó morir. Ahora esperaba por el cumpleaños de Mariana y se preguntaba si había llegado la hora de abandonar el luto. Y fue así que comenzó entre frase y frase a hablarle a su hija:

“Espabílate Mariana que te me vas a quedá; mira mija, mira mija; cuando yo tenía tu edad, ya habías nacido tu y Anastasio y Juan Tomá; me casé a los dieciocho, y tu a los veinticuatro, ¡Na!. Ya te lo decía tu padre y te dio plena libertad para que salieras a la calle; esta tarde vete a misa y te encomiendas al entrá, al abogao de lo imposible; siéntate atrá, bien pa´tra, donde haya una columna y mucha soledad; si sientes que un hombre te mira, hazte la disimulá; pero con cuidao Mariana no lo dejes escapá. ¡Espabílate Mariana, que te me vas a quedá!”.

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